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Juanjo Pagán

Juanjo Martínez Pagán

Ingeniero de Telecomunicación. CISO Advisor y Fundador de Thousandguards

El Ingeniero de Telecomunicación ante los nuevos retos de la ciberresiliencia y la soberanía cognitiva

Como ingeniero de Telecomunicación dedicado desde hace años a la ciberseguridad, he tenido la oportunidad de observar la evolución de esta disciplina desde una posición privilegiada: la de quienes intentamos transformar principios teóricos en mecanismos reales de protección.

Durante décadas, una parte importante de nuestro trabajo ha consistido en cerrar la brecha entre los marcos de referencia de seguridad y la realidad operativa de las organizaciones. Primero corrigiendo vulnerabilidades en infraestructuras que nunca fueron concebidas para resistir ataques y, posteriormente, incorporando la seguridad desde el propio diseño de sistemas y servicios.

A lo largo de este proceso hemos aprendido que la seguridad absoluta no existe. Lo que existe es un equilibrio dinámico entre atacantes y defensores. Mientras los primeros buscan nuevas formas de explotar vulnerabilidades o engañar a los usuarios, los segundos despliegan tecnologías, procesos y mecanismos de concienciación para reducir el riesgo. Durante años ese equilibrio, aunque imperfecto, se mantuvo razonablemente estable.

La irrupción de la Inteligencia Artificial

La democratización de la inteligencia artificial introduce un nuevo factor en este equilibrio. Por primera vez, capacidades que hasta hace pocos años requerían equipos altamente especializados pasan a estar disponibles para un número mucho mayor de organizaciones e individuos. La IA permite automatizar tareas complejas, analizar grandes volúmenes de información, generar contenidos convincentes y acelerar procesos que anteriormente requerían conocimientos avanzados y una elevada inversión de tiempo y recursos.

Como ha ocurrido con otras tecnologías disruptivas, la IA no sólo multiplica las capacidades de los actores más avanzados; también democratiza su acceso. La pregunta era inevitable: ¿seguiría existiendo el equilibrio histórico entre atacantes y defensores o estábamos entrando en una etapa en la que las reglas del juego comenzaban a cambiar?

Mythos y la amenaza de ruptura

Esa pregunta dejó de ser teórica el 7 de abril de 2026, cuando Anthropic anunció públicamente Claude Mythos Preview.

Según la información compartida por la compañía, el sistema había demostrado una capacidad extraordinaria para descubrir vulnerabilidades de forma autónoma y analizar sistemas complejos a una velocidad muy superior a la humana.

La decisión de no publicar estas capacidades generó preocupación en toda la industria. Si una organización responsable consideraba peligroso liberar una herramienta así, era razonable preguntarse qué podrían estar desarrollando ya actores menos escrupulosos.

La inquietud aumentó cuando comenzaron a aparecer evidencias de una aceleración radical de los tiempos de ataque. Los informes más recientes de inteligencia sobre amenazas documentan incidentes de ransomware propagados en apenas segundos desde la intrusión inicial. Procesos que tradicionalmente requerían días o semanas empezaban a ejecutarse a velocidades incompatibles con los mecanismos clásicos de respuesta. Por primera vez en muchos años, el equilibrio parecía seriamente amenazado.

 

A lo largo de este proceso hemos aprendido que la seguridad absoluta no existe. Lo que existe es un equilibrio dinámico entre atacantes y defensores

 

El restablecimiento del equilibrio

Sin embargo, la misma IA que parecía favorecer a los atacantes comenzó también a proporcionar nuevas capacidades a los defensores.

La respuesta de Anthropic llegó a través de Glasswing, una iniciativa orientada a transformar el conocimiento obtenido mediante Mythos en mecanismos preventivos capaces de identificar y corregir vulnerabilidades antes de su explotación. Paralelamente, la industria incorporó agentes autónomos y capacidades de IA a la detección de vulnerabilidades, el análisis de amenazas y la automatización de la respuesta.

La seguridad absoluta sigue siendo imposible, pero todo indica que la IA permitirá restablecer un cierto equilibrio en la protección de infraestructuras hardware y software. Y es precisamente en este punto donde aparece el verdadero desafío.

 

 

La nueva infraestructura cognitiva

La nueva infraestructura cognitiva tiene una doble naturaleza. Por un lado, encontramos la capa cognitiva artificial formada por modelos, agentes autónomos, asistentes inteligentes y capacidades de IA integradas en aplicaciones y sistemas que comienzan a participar en procesos de negocio, acceder a información corporativa e interactuar con empleados y clientes.

Como ocurrió anteriormente con las redes o las aplicaciones, esta nueva capa se ha convertido en un nuevo perímetro de seguridad y ya están apareciendo marcos de referencia y herramientas específicas para protegerla.

Por otro lado, existe una segunda capa mucho más difícil de proteger: la formada por las personas. Empleados, ciudadanos, directivos, periodistas, jueces o responsables públicos toman decisiones constantemente apoyándose en la información que reciben. Y es precisamente sobre esa capacidad de percepción y decisión donde la IA empieza a ejercer una influencia sin precedentes.

Los deepfakes permiten suplantar identidades con un nivel de realismo cada vez mayor. Las campañas de desinformación pueden adaptarse automáticamente a audiencias específicas. La propaganda encubierta y la manipulación de narrativas pueden desplegarse a una escala desconocida hasta ahora.

Por primera vez resulta posible automatizar la influencia sobre la percepción humana con niveles de personalización, credibilidad y alcance impensables hace apenas unos años.

 

Como ha ocurrido con otras tecnologías disruptivas, la IA no sólo multiplica las capacidades de los actores más avanzados; también democratiza su acceso

 

El desafío de la soberanía cognitiva

La aparición de esta nueva infraestructura cognitiva introduce además una cuestión especialmente compleja: la soberanía cognitiva.

Vivimos apoyados en plataformas globales que agregan conocimiento, experiencias y contenidos generados a escala planetaria. Motores de búsqueda, plataformas de contenidos y modelos de IA obtienen buena parte de su valor precisamente de esa dimensión global. Y ahí aparece una tensión difícil de resolver.

Queremos beneficiarnos de la enorme potencia que proporciona el conocimiento agregado de la humanidad, pero al mismo tiempo queremos preservar nuestra privacidad, nuestra identidad cultural, nuestra autonomía de decisión y nuestra soberanía.

Las regulaciones intentan aportar respuestas mediante marcos de gobernanza, transparencia y protección de derechos. Sin embargo, seguiremos teniendo enormes brechas entre esos frameworks y la realidad tecnológica actual.

Por el momento no encuentro respuestas claras y con fundamento real (más allá de deseos y buenas intenciones) a este reto. Quizá el desafío tecnológico del futuro no consista en fragmentar estos sistemas globales, sino en encontrar mecanismos capaces de aprovechar sus beneficios preservando simultáneamente la soberanía y los derechos de quienes participan en ellos.

Lo que sí parece evidente es que cuando una sociedad pierde la capacidad de distinguir entre realidad y manipulación, la soberanía deja de ser un problema tecnológico para convertirse en un problema estratégico.

 

La seguridad absoluta sigue siendo imposible, pero todo indica que la IA permitirá restablecer un cierto equilibrio en la protección de infraestructuras hardware y software

 

¿Qué significa una mentalidad ciberresiliente?

En este contexto, una mentalidad ciberresiliente va mucho más allá de conocer unas cuantas buenas prácticas de seguridad. Significa cuestionar la procedencia de la información, verificar antes de confiar, distinguir hechos de narrativas, comprender cómo funcionan los algoritmos que influyen sobre nosotros y entender los incentivos de quienes producen o distribuyen la información que consumimos.

También significa mantener una actitud crítica frente a contenidos generados por IA. Ver, escuchar o leer algo ya no constituye una garantía de autenticidad.

Pero la ciberresiliencia tiene también una dimensión práctica. Los apagones, interrupciones de servicios y situaciones excepcionales vividas durante los últimos años nos recuerdan que las infraestructuras pueden fallar. Mantener alternativas, conservar cierta autonomía operativa y disponer de redes personales de apoyo capaces de activarse cuando la tecnología deja de estar disponible forman parte de la misma lógica.

La ciberresiliencia consiste, en última instancia, en preservar nuestra capacidad de decisión y actuación cuando desaparecen las certezas.

Tenemos una responsabilidad social: ayudar a desarrollar una cultura digital capaz de fortalecer la autonomía cognitiva de ciudadanos, empresas e instituciones

 

El papel del ingeniero de Telecomunicación

¿Cuál es entonces nuestro papel como Ingenieros de Telecomunicación? Durante décadas hemos diseñado las infraestructuras que permiten generar, almacenar y transmitir información a escala global. Hoy debemos ampliar esa responsabilidad.

Ya no basta con garantizar que la información llega a su destino. Debemos contribuir también a preservar su autenticidad, su integridad y la confianza que las personas depositan en ella.

Necesitamos construir infraestructuras que dificulten la manipulación de contenidos, desarrollar mecanismos escalables de autenticación y trazabilidad de la información, proteger las capacidades de IA que incorporamos a nuestros sistemas y contribuir a resolver la tensión entre conocimiento global y soberanía.

Pero también tenemos una responsabilidad social: ayudar a desarrollar una cultura digital capaz de fortalecer la autonomía cognitiva de ciudadanos, empresas e instituciones.

Conclusión

La tecnología seguirá encontrando respuestas a muchos de los retos que plantea la propia tecnología. Sin embargo, la brecha más difícil de cerrar sigue estando en nuestra propia cognición. Cuando una sociedad pierde la capacidad de distinguir entre realidad y manipulación, la soberanía deja de ser un problema tecnológico para convertirse en un problema estratégico.

La próxima frontera de la ciberseguridad no será únicamente la protección de las infraestructuras digitales, sino también la protección de la autonomía cognitiva de las personas que las utilizan. Y los Ingenieros de Telecomunicación estamos llamados a desempeñar un papel activo en ese desafío.

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