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Miguel Sánchez Galindo

Miguel Sánchez Galindo

Director General de DigitalES

Competitividad, liderazgo y soberanía en la década decisiva

Europa ante su gran examen digital

Europa se encuentra en un momento crítico de su historia económica y tecnológica. Durante décadas, el continente lideró revoluciones industriales, estableció estándares globales y construyó algunas de las economías más avanzadas del mundo. Sin embargo, en la era digital, la situación ha cambiado. Mientras Estados Unidos domina las plataformas tecnológicas globales y China acelera su liderazgo en inteligencia artificial, infraestructuras digitales y capacidad industrial, la Unión Europea corre el riesgo de quedarse rezagada en la carrera por la competitividad del siglo XXI.

La preocupación no es únicamente tecnológica. La capacidad de Europa para innovar, generar crecimiento económico, garantizar su autonomía estratégica y preservar su modelo social dependerá en gran medida de las decisiones que tome durante los próximos años. La transformación digital se ha convertido en una cuestión de competitividad económica, seguridad y soberanía.

La brecha de inversión amenaza el futuro digital europeo

La transición hacia una economía digital requiere enormes recursos destinados a infraestructuras de conectividad, centros de datos, inteligencia artificial, computación cuántica, ciberseguridad y servicios en la nube.

Los informes de Enrico Letta sobre el futuro del mercado único y de Mario Draghi sobre la competitividad europea coinciden en señalar el diagnóstico: Europa necesita movilizar del orden de 800.000 millones anuales para no perder pie en la carrera tecnológica global.

La Comisión recogió buena parte de este diagnóstico en su Brújula para la Competitividad, que reconoce la necesidad de cerrar la brecha con Estados Unidos y China, reforzar la autonomía estratégica y aumentar significativamente la inversión en sectores clave.

Pero identificar el problema no es suficiente. El verdadero desafío está en ejecutar: movilizar los recursos financieros necesarios, completar la integración del mercado único, especialmente en el ámbito de los mercados de capitales, y priorizar aquellas tecnologías capaces de generar ventajas competitivas sostenibles para la economía europea.

La experiencia demuestra que no basta con invertir más; es igualmente importante invertir mejor, concentrando esfuerzos en aquellas capacidades estratégicas que pueden multiplicar la productividad fortalecer el liderazgo industrial europeo.

La conectividad constituye la base sobre la que se construye todo el ecosistema digital. Sin redes avanzadas de fibra óptica y 5G resulta imposible desplegar aplicaciones masivas de inteligencia artificial, automatización industrial, vehículos conectados o servicios sanitarios digitales.

Por ello, cada vez existe un mayor consenso sobre la necesidad de impulsar inversiones que permitan acelerar el despliegue de infraestructuras de nueva generación. Sin esta base tecnológica, cualquier estrategia europea de liderazgo digital corre el riesgo de quedarse en una mera declaración de intenciones.

 

La transformación digital se ha convertido en una cuestión de competitividad económica, seguridad y soberanía

 

Digital Networks Act: mucho más que una reforma

En este contexto surge una de las iniciativas más relevantes de los últimos años: la futura Ley de Redes Digitales o Digital Networks Act (DNA).

Presentada por la Comisión Europea en 2026, la propuesta busca modernizar y armonizar las normas que regulan las redes de conectividad en toda la Unión Europea. Su objetivo es crear un entorno más favorable para la inversión, simplificar procedimientos y facilitar el despliegue de infraestructuras avanzadas.

La lógica detrás de estas reformas es clara: si Europa quiere competir en inteligencia artificial, computación en la nube o tecnologías emergentes, necesita primero disponer de una infraestructura digital robusta, resiliente y homogénea.

Más allá de las grandes cifras de inversión, el debate sobre el Digital Networks Act pone de manifiesto otra cuestión fundamental: la necesidad de que Europa construya un marco regulatorio verdaderamente coherente con sus objetivos de competitividad. La fragmentación normativa, la complejidad regulatoria y la existencia de obligaciones sectoriales que no siempre reflejan la realidad tecnológica actual siguen limitando la capacidad de los operadores para innovar, alcanzar economías de escala y sostener los niveles de inversión que exige la transformación digital.

En definitiva, el DNA valdrá lo que valga el entorno que genere. Si los operadores pueden invertir con más certidumbre, si los trámites se simplifican y si las redes avanzan al ritmo que exige la IA, la industria o los nuevos servicios digitales, habrá funcionado. Si se queda en una armonización formal de normas, no.

 

Europa necesita movilizar del orden de 800.000 millones anuales para no perder pie en la carrera tecnológica global

 

Del diagnóstico a la acción

La apuesta por el Digital Networks Act no puede entenderse de forma aislada. Forma parte de una estrategia mucho más amplia impulsada por la Comisión Europea para reforzar la autonomía tecnológica del continente y reducir dependencias estratégicas en ámbitos críticos para la economía digital.

En junio de 2026, Bruselas presentó el denominado Paquete Europeo de Soberanía Tecnológica, una iniciativa destinada a fortalecer las capacidades europeas en semiconductores, inteligencia artificial, computación en la nube y tecnologías abiertas.

La Comisión parte de una constatación que preocupa desde hace años: Europa continúa dependiendo en gran medida de proveedores externos para tecnologías esenciales que sustentan tanto su competitividad económica como el funcionamiento de sus servicios públicos y de sus infraestructuras críticas.

 

En este contexto surge una de las iniciativas más relevantes de los últimos años: la futura Ley de Redes Digitales o Digital Networks Act (DNA)

 

La iniciativa se articula alrededor de varios pilares estratégicos. Entre ellos destacan el Chips Act 2.0, orientado a reforzar la producción europea de semiconductores y consolidar una cadena de valor propia; el Cloud and AI Development Act (CADA), diseñado para impulsar capacidades europeas en inteligencia artificial, centros de datos y servicios cloud, y una nueva Estrategia Europea de Open Source concebida para acelerar la adopción de tecnologías abiertas como instrumento de innovación, resiliencia y autonomía digital.

La relevancia de este paquete va mucho más allá de la política tecnológica. En realidad, constituye una apuesta industrial de gran alcance para reforzar la posición de Europa en un escenario global cada vez más competitivo. La Comisión considera que la prosperidad futura del continente dependerá de su capacidad para desarrollar, controlar y escalar tecnologías estratégicas, evitando dependencias excesivas en ámbitos tan sensibles como la inteligencia artificial, la computación en la nube, los centros de datos o los semiconductores avanzados.

En este contexto, el Digital Networks Act se convierte en una pieza complementaria y esencial. Mientras el paquete de soberanía tecnológica busca impulsar capacidades industriales y tecnológicas propias, el DNA pretende garantizar la infraestructura de conectividad necesaria para soportarlas.

Dicho de otro modo, si Europa aspira a liderar el desarrollo de la inteligencia artificial, el cloud o la computación avaGnzada, necesita disponer de redes digitales más robustas, más integradas y preparadas para absorber el crecimiento exponencial del tráfico de datos y de los nuevos servicios digitales.

 

 

Oportunidad que Europa no puede desaprovechar

La próxima década será decisiva para determinar qué regiones liderarán la economía digital global. La inteligencia artificial, la automatización industrial, la computación cuántica, la conectividad avanzada y las tecnologías de datos redefinirán la competitividad de países y empresas.

Europa parte con importantes ventajas, pero acumula retrasos frente a sus principales competidores que no se pueden ignorar. Superar la fragmentación del mercado, movilizar inversión, acelerar el despliegue de infraestructuras digitales y fomentar la innovación empresarial serán condiciones imprescindibles para recuperar posiciones.

El Digital Networks Act y el nuevo Paquete Europeo de Soberanía Tecnológica representan una oportunidad histórica para avanzar en esa dirección. El primero aborda la construcción de las infraestructuras digitales que sostendrán la economía del futuro; el segundo impulsa las capacidades industriales y tecnológicas necesarias para competir en sectores estratégicos.

Junto a estas iniciativas más visibles en materia de conectividad, inteligencia artificial o soberanía tecnológica, Europa está impulsando reformas menos mediáticas, pero potencialmente igual de transformadoras.

 

Europa parte con importantes ventajas, pero acumula retrasos frente a sus principales competidores que no se pueden ignorar

 

Entre ellas destaca la revisión de las normas de competencia y ayudas de Estado liderada por la vicepresidenta ejecutiva, Teresa Ribera. El objetivo no es abandonar los principios que han sustentado el mercado interior europeo, sino adaptarlos a un contexto internacional en el que Estados Unidos y China utilizan de forma cada vez más activa instrumentos públicos para apoyar sectores estratégicos.

La respuesta pasa por flexibilizar determinados regímenes de ayudas, revisar los criterios de control de concentraciones empresariales y reforzar los Proyectos Importantes de Interés Común Europeo (IPCEI). Todo ello con un mismo fin: que las empresas europeas alcancen la escala necesaria para competir globalmente, preservando al mismo tiempo la integridad del mercado único.

Ninguna de estas iniciativas resolverá por sí sola todos los desafíos del ecosistema digital europeo. Sin embargo, juntas dibujan una hoja de ruta mucho más ambiciosa que las desarrolladas hasta ahora. Por primera vez en muchos años, Europa parece decidida a combinar regulación, inversión, innovación e industria bajo una visión común de competitividad y aumento de capacidades tecnológicas propias.

La cuestión fundamental ya no es si Europa debe actuar, es con qué rapidez será capaz de hacerlo. Porque en la economía digital global no basta con participar en la carrera: hay que competir para liderarla.

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