
Miguel Carlos Castillejo Calvo
Ingeniero de Telecomunicación. Business Senior Manager en BBVA. Ex-concejal de Transparencia, Innovación Tecnológica y Gobierno Abierto del Ayuntamiento de Alcalá de Henares
Lo que cambia (de verdad) cuando el dinero se convierte en infraestructura
Llevo más de una década trabajando en tecnología en banca y viviendo la transformación digital del sector. Si algo he aprendido es que las grandes transformaciones no llegan con fuegos artificiales. Llegan tras incertidumbres, idas y venidas, argumentos encontrados, pruebas de estrés, discusiones de arquitectura y, sí, con alguna hoja de cálculo que parece inofensiva hasta que te das cuenta de que ahí está el ‘cómo” de todo. Con el euro digital me pasa algo parecido.
Fuera del ámbito tecnológico de la banca, el euro digital suena a concepto político o a debate ideológico, pero dentro de este sector se parece más a un proyecto de infraestructura crítica que obliga a revisar supuestos técnicos, operativos y hasta culturales. Pero antes de cualquier debate, diferenciemos entre ‘euro digital’ y ‘euros digitales’.
El euro digital se concibe como la posible moneda digital del Banco Central Europeo (BCE), dinero público en formato digital respaldado, complementario al efectivo y con un diseño que, según el propio BCE, busca preservar libertad de elección, privacidad y soberanía europea, además de fomentar innovación en pagos.
Por euros digitales entendemos lo que ya conocemos hoy en día, lo que ya usamos sin llamarlos así: depósitos bancarios, transferencias, tarjetas, pagos instantáneos o, también, monedas digitales privadas vinculadas al euro, como stablecoins reguladas. En la práctica, son ‘euros’ en forma de apuntes contables o tokens, pero no son pasivo directo del BCE.
La diferencia no es un matiz académico: para un banco cambia el ‘quién responde’ y el ‘quién opera’ la capa más sensible del sistema. Un pasivo del BCE tiene un tratamiento distinto a un pasivo bancario. Y eso se traduce en arquitectura, costes, gobernanza… ¡y en riesgos!
Cuando dicen que el euro digital es un ‘reto interesante’, en el sector tecnológico lo traducimos en ‘vamos a tener que hacerlo muy bien o no funcionará’
Competitividad y resiliencia
¿Y por qué ahora tanto debate con el euro digital? En Europa se está acelerando la conversación por dos razones claras. La primera es que el efectivo pierde peso en muchos países y el BCE no quiere que el dinero público quede ‘marginal’ en un mundo cada vez más digital.
La segunda es la dependencia tecnológica. Si casi todo el pago retail se apoya en grandes esquemas y proveedores no europeos, la autonomía estratégica se resiente. El BCE lo expresa de forma directa: el euro digital busca reforzar la competitividad y resiliencia (ahora que está tan de moda esta palabra) del sistema europeo de pagos.
La política va marcando hitos, pero en tecnología lo que importa es el ‘diseño’, funcionalidades online y offline, privacidad, límites de tenencia, rol de intermediarios y cómo se integra con lo que ya existe. Desde dentro, se entendería que algunas reservas no tienen tanto que ver con estar a favor o en contra (dicotomía simplista, por otra parte), sino con una pregunta muy bancaria: ¿Qué pasa en los bordes del sistema cuando algo va mal?
Si casi todo el pago retail se apoya en grandes esquemas y proveedores no europeos, la autonomía estratégica se resiente
Una de las preocupaciones clásicas es la desintermediación: si el ciudadano puede tener dinero del BCE en un wallet digital, ¿se moverían depósitos desde los bancos? El BCE ha contestado con propuestas como límites de tenencia, no remuneración y mecanismos tipo reverse waterfall (cuando se excede un umbral, se vuelca a cuenta bancaria).
Aun así, el riesgo en escenarios de estrés no es imaginario. Por ello, existen ciertas reservas. Reuters publicó en octubre de 2025 una simulación del BCE donde, durante un episodio de bank run, un euro digital podría drenar hasta 700.000 millones de euros en depósitos, llevando a un grupo de bancos a tensiones de liquidez. Esto no significa que vaya a ocurrir así, pero sí que explica por qué la banca insiste en salvaguardas, límites y un despliegue gradual.
Una de las preocupaciones es la desintermediación: si el ciudadano puede tener dinero del BCE en un wallet digital, ¿se moverían depósitos desde los bancos?
La segunda reserva es pragmática en cuanto al coste y la complejidad de integración. No se trata de ‘conectar una API’. Hablamos de identidad digital, antifraude, conciliación, soporte al cliente, ciberseguridad, continuidad de negocio y convivencia con medios de pago actuales. Y en coste, se habla de cifras muy relevantes para el sector, con estimaciones altas de inversión agregada en banca frente a presupuestos mucho menores del lado del BCE.
Una tercera reserva podría ser reputacional y operativa: si el euro digital se percibe como ‘del BCE’, pero se usa a través de bancos y comercios, cualquier caída, fraude o mala experiencia se convierte en un problema de confianza sistémica. En tecnología bancaria estamos acostumbrados a operar 24×7 con calidades del servicio cercanas al 100%, pero aquí el umbral de tolerancia al error sería aún menor.
El reto tecnológico
Cuando oigo las palabras euro digital, mi cabeza se imagina una lista de issues en JIRA que no caben en un sprint. Veamos los desafíos conocidos:
- Escalabilidad y latencia. Los pagos cotidianos exigen respuesta instantánea y experiencia de cliente fluida.
- Privacidad con cumplimiento. No es anonimato total, pero tampoco vigilancia. Traducir ese equilibrio a diseño real de datos es de lo más difícil de esta iniciativa. El debate ‘offline para privacidad’ vs. ‘online por funcionalidad’ está muy vivo y las posiciones institucionales ya contemplan ambos modos.
- Offline, de verdad. Offline no es ‘modo avión simpático’. Es garantizar que dos dispositivos puedan transferirse valor sin conectividad y sincronizar después sin romper consistencia. A nivel teleco, es un problema precioso y duro.
- Ciberseguridad a escala europea. El euro digital sería un objetivo de primer nivel. No sólo por dinero, sino también por el potencial de impacto social. Aquí la banca tiene experiencia, pero el perfil de amenaza se multiplica.
- Interoperabilidad. Países, bancos, comercios, PSP, fabricantes de móviles… El enemigo silencioso de estos proyectos es la fragmentación.
Por eso, cuando se dice que es un ‘reto interesante’, en el sector se traduce en ‘vamos a tener que hacerlo muy bien o no funcionará’. Al menos desde mi experiencia en innovación y tecnología, solemos movernos con una lógica clara, que no es otra que la de explorar antes de que sea obligatorio, pero hacerlo en entornos donde haya control, regulación y propósito.
En esa línea se entiende bien que grandes bancos europeos se agrupen para lanzar una stablecoin vinculada al euro (Qivalis), con el objetivo de habilitar pagos más rápidos, facilitar liquidación de activos digitales en un entorno regulado y con garantías bancarias. Es un paso previo firme, pero prudente. Y aquí vuelvo a la distinción inicial: esto no es el euro digital del BCE, es otra cosa.
Si algo parece claro es que el futuro europeo no tendrá un único instrumento ganador y que la palabra clave será coexistencia
Sin embargo, es relevante por dos motivos. Primero, porque son ‘euros digitales’ privados; es decir, dinero tokenizado ligado al euro, con reglas claras y bajo marcos regulatorios. En segundo lugar, porque sirve de escenario perfecto para el entrenamiento de capacidades sin sustos: tokenización, custodia, gestión de claves, integración con sistemas bancarios, gestión de riesgo operativo… Incluso si el euro digital tarda años, todo ese aprendizaje queda.
¿Y cuál es el panorama real?
Si algo parece claro es que el futuro europeo no tendrá un único instrumento ganador y que la palabra clave será coexistencia: pagos instantáneos SEPA, depósitos bancarios tradicionales (cada vez más ‘API-ficados’), stablecoins bancarias para casos de uso específicos y, quizá, un euro digital del BCE como capa pública complementaria. Esto encaja con cómo evolucionan las infraestructuras: no se apaga lo anterior de golpe; se añade una capa, se prueba, se migra parcialmente y se ajusta.
Si tuviera que resumir mi postura diría que el euro digital es demasiado importante para simplificarlo. ¿Tiene reservas legítimas? Claro que sí (estabilidad financiera, coste, complejidad, ciberseguridad…). Pero también responde a una realidad: el dinero se ha digitalizado y Europa necesita opciones que preserven su soberanía y confianza en un orden mundial que parece reconfigurarse a velocidades de vértigo.
Personalmente, me gusta enmarcar esta iniciativa del euro digital (que me apetece también calificar de histórica) en ese tipo de hitos que obligan a sacar lo mejor de la profesión. No basta con que funcione, tiene que ser robusto, explicable, auditable y útil. Y eso, en el fondo, es lo más bonito (y lo más difícil) del trabajo del ingeniero: hacer que lo complejo sea invisible, sin que deje de ser seguro.
Beneficios potenciales del euro digital
No todo iban a ser desafíos. Desde luego que el euro digital aportaría beneficios reales. Algunos de ellos ya son bien conocidos:
- Dinero público en la era digital: preserva un ancla de confianza del BCE en un contexto de caída del efectivo.
- Resiliencia: capacidad de pago incluso en incidentes de red o de energía.
- Competencia e innovación: puede empujar a modernizar pagos y reducir la dependencia de esquemas globales, fortaleciendo el ecosistema europeo.
- Inclusión: si se diseña bien, puede ofrecer un medio de pago básico, universal y gratuito en determinadas experiencias de cliente.
A todo esto, se suma un beneficio interno para la banca, aunque suene paradójico: el euro digital puede forzar ciertas modernizaciones. Nadie moderniza un core porque sí. Normalmente, se hace cuando el entorno obliga. Y es que, a pesar de sus 60 años de existencia, el lenguaje de programación COBOL sigue siendo el rey del core bancario hoy en día. Ojo, gozando además de muy buena salud.
