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Tribuna

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Javier Domínguez

Ingeniero de Telecomunicación.

Enseñar para aprender

En la etapa profesional el alumno es más sensible al aprovechamiento del tiempo dedicado a la formación y aprecia unos contenidos precisos que acierten con lo útil

El aprendizaje de la ingeniería tiene dos etapas muy desiguales: la universitaria y la trayectoria profesional. La segunda presenta particularidades que exigen una enseñanza con motivaciones y pautas adecuadas.

Tienen razón quienes sostienen que, después de obtener el título académico, nos espera un largo y gratificante recorrido de aprendizaje. Dos etapas con una duración muy desigual: algunos años de enseñanza universitaria frente a décadas de toda una vida profesional. Visto en perspectiva, no resulta tan determinante el tiempo dedicado a la graduación como sí lo son los recursos adquiridos para enfrentarse a la segunda etapa.

Sobre la capacitación universitaria, comparto las inquietudes de Antoni Elías Fusté descritas en la entretenida reflexión ‘La formación en ingeniería para la sociedad de la información’ (revista BIT 210). Se publicó en 2018 pero mantiene su actualidad. Está desprovista de complacencia y propaganda. Invito al lector a que la repase.

Quisiera subrayar las referencias al profesorado y a los métodos de enseñanza. Habitualmente los debates sobre la educación -en cualquier nivel- se centran en su estructura, los contenidos y la evaluación, pero se obvia el protagonismo del docente. Sin embargo, su contribución es esencial, no solo para facilitar el conocimiento académico sino, también, para cultivar en los alumnos la participación, la curiosidad y la creatividad. Me pregunto si, en el proceso de acreditación del profesorado universitario, se incentiva suficientemente la capacitación y experiencia en métodos y estilos didácticos que estimulen estas habilidades.

La participación para comprender los beneficios que aporta la colaboración en equipos multidisciplinares, a la vez que se fomenta la generosidad y la cohesión. La curiosidad para fortalecer la inquietud por el aprendizaje continuo, sabiendo adaptarse al entorno socioeconómico e, incluso, para cuestionarse lo que le enseñan. La creatividad para explorar nuevas soluciones, aprendiendo a comunicar con éxito las ideas y proyectos.

En una trayectoria profesional la casuística formativa es muy amplia y variada. En la motivación personal por el aprendizaje influirá la experiencia ya adquirida, el deseo por profundizar en lo ya conocido o el de abrir nuevas expectativas y oportunidades. Quizá también el interés por renovar los esquemas y hábitos decisorios e, incluso, por atender las inquietudes vocacionales no satisfechas. Sobre todo ello sobrevuela, además, la necesidad de compatibilizarlo con la vida individual, familiar y laboral.

Si conjugamos las motivaciones personales con la imparable evolución tecnológica y los perfiles demandados por el mundo empresarial, tenemos los ingredientes para configurar el sugestivo negocio de los programas de aprendizaje permanente. La oferta, necesariamente, ha de ser flexible y actualizarse continuamente. Por suerte, no está sometida a las rigideces de la enseñanza oficial que exige una evaluación externa.

Entiendo que, en la etapa profesional, el alumno es más sensible al aprovechamiento del tiempo dedicado a la formación. Desea unos contenidos precisos que acierten con lo útil. Además, aprecia percibir en la enseñanza el entusiasmo realista de quien domina la materia, la aplica y comparte su experiencia práctica.

En los cursos de la etapa profesional se deberían repartir, también, dosis de participación, curiosidad y creatividad. Ayudarían a prestigiar el negocio y a fortalecer el compromiso educativo con unos clientes que son, ante todo, alumnos que valoran aprender.

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