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Tribuna

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Teresa Pascual Ogueta

Ingeniera de Telecomunicación.

La piedra del tropiezo continuo

En medio de tanto dolor, sorprende la fortaleza de las infraestructuras de telecomunicaciones, que, siendo un objetivo a destruir en cualquier conflicto, siguen ofreciendo un servicio crucial

 

Parece tranquilizador creer que una sola persona es quien ordena estas atrocidades, pero se necesita que sean muchas más las que presten el apoyo y el empeño imprescindible para que sucedan estas barbaridades

El desarrollo incesante del conocimiento científico muestra la capacidad del género humano para superar las dificultades. La actitud generosa de las personas que brindan ayuda y consuelo a víctimas de las más duras circunstancias evidencia que la confianza en los seres humanos es posible. Las guerras, por el contrario, son consecuencia de la necedad incomprensible y la codicia a la que nos arrastran determinados personajes. Es la misma piedra con la que la humanidad tropieza una y otra vez.

Cuando se inició la última de la que tenemos noticia, la ministra española de Defensa informó de que, en ese momento, había 30 guerras activas repartidas en distintos lugares del mundo. Conflictos injustos y sangrientos que no son portada.

Realidad imprevista
Acabamos de pasar lo más duro de una pandemia mundial y se creyó que era lo más doloroso que nos podía pasar a nivel colectivo, pero era solo un deseo. Lo ocurrido durante este tiempo penoso nos ha mostrado que la maldad no desparece en las tragedias. Para algunas personas, las penalidades colectivas son una oportunidad para aprovecharse de quienes sufren de forma directa el infortunio. Hemos conocido también la generosidad sin límites de quienes han puesto en riesgo su salud por ayudar a quienes sufrían la enfermedad. La maldad no es inherente al ser humano, pero sí caracteriza a un pequeño porcentaje de personas que nos rodean.

El balance hasta ahora de la pandemia es que más de cien mil personas han muerto en España en poco más de dos años. Llegó por sorpresa y nos afectó profundamente. Ahora que queríamos olvidar, se desata una nueva guerra que nos está afectando.

Realidad anunciada
La nueva tragedia, a diferencia de la pandémica, era previsible. Basta un mínimo interés por saber lo que ocurre a nuestro alrededor para conocer el juego de intereses económicos que se mueven a nivel estratégico y geopolítico. Ahora además nos estamos percatando, a través de lo que nos dicen quienes tienen la experiencia y el conocimiento, que esta tragedia se lleva gestando mucho tiempo y que se podría haber evitado. Cabría preguntarse por qué no se evitó y la respuesta sería parecida a la de por qué no se detiene inmediatamente. Poderosos intereses económicos a medio y largo plazo son la base del conflicto.

La única realidad insoslayable es que hay personas sufriendo de forma despiadada y la culpa no es de un virus; la responsabilidad de lo que ocurre recae sobre personas que están tomando las decisiones en distintos centros de poder. Se debate si quien provoca conscientemente una catástrofe humanitaria tiene una enfermedad mental o si es simplemente infame. Parece tranquilizador creer que una sola persona es quien ordena estas atrocidades, pero se necesita que sean muchas más las que presten el apoyo y el empeño imprescindible para que sucedan estas barbaridades.

Las víctimas no pueden elegir, tampoco pueden hacerlo quienes tienen que ejecutar las órdenes. No se les pregunta si quieren coger un arma, si aceptan contaminarse al ocupar una central nuclear o si consienten en convertirse en botín de guerra. Serán sus descendientes quienes, en el futuro, quieran desagraviar este dolor sufrido, porque la memoria solo es frágil para según qué trances.

Lo que ocurre en las guerras lo sabemos desde tiempo inmemorial. La aclamada belleza literaria de la ‘Ilíada’ cuenta, sin glorificarla, la realidad sangrienta de los combates. Lo que se describe en esta obra se está produciendo ahora, más de dos mil años después. La diferencia es que se utilizan otras armas y nos informan en tiempo real de lo que sufren las víctimas. En medio de tanto dolor, sorprende la fortaleza de las infraestructuras de telecomunicaciones, que, siendo un objetivo a destruir en cualquier conflicto, siguen ofreciendo un servicio crucial.

La realidad del beneficio
Las guerras, antiguas o modernas, son brutales. Cualquier persona adulta conoce que ha habido y hay contiendas terribles: en el golfo Pérsico, en África, en los Balcanes, Afganistán, Yemen… en todas alguien obtiene beneficio. Pocas naciones poderosas están libres de haber provocado, con cualquier pretexto, una guerra de la que obtener rendimiento.

Con la guerra salta por los aires el esfuerzo de millones de seres humanos: la contaminación se dispara, las infraestructuras desaparecen y las enfermedades físicas y mentales se desbocan. Como aprendimos en pandemia, también en la guerra hay quien se aprovechará de la masacre.

Se sabía que esto podía ocurrir y algunas democracias consolidadas estuvieron obteniendo prebendas del ahora enemigo. El antes respetado canciller fue contratado para el consejo de la gasista rusa. Algunos dirigentes en el poder no hicieron ascos al dinero que les llegó del dictador y que les ayudó a ganar elecciones. Representantes de diversas ideologías alabaron y se codearon con el hoy denostado. Quizás, esta vez sí se podría haber evitado tropezar en la piedra de la guerra.

La realidad posible
Las guerras son una realidad siempre presente. Hay cultura de violencia en nuestras sociedades; ante el más mínimo conflicto aparecen los puños. Si se han superado creencias intolerables como que la esclavitud es lícita o que el racismo tiene lógica, las guerras también pueden dejar de verse como inherentes al devenir humano. Se necesitará mucho tiempo, mucha educación y mucha conciencia colectiva de que las guerras solo benefician a los que no van al campo de batalla. Empecemos exigiendo que no se discrimine a las víctimas por el horror del que huyen. Todas merecen refugio.

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