Somos usuarios digitales desde que nos levantamos por la mañana; asumimos con naturalidad la rapidez con la que accedemos a cualquier servicio de información, la cobertura telefónica que tenemos en casi cualquier rincón de nuestra geografía o la capacidad de compartir fotos y vídeos al instante con personas en la otra punta del mundo. Lo asumimos con naturalidad porque funciona, gracias al trabajo que realizan a diario miles de profesionales en nuestro país. Sin embargo, la industria de telecomunicaciones atraviesa tiempos convulsos, que amenazan con romper esa armonía que percibe el usuario final.
La autonomía estratégica y la soberanía digital son dos conceptos cruciales en el mundo globalizado que vivimos. En un mundo cada vez más interconectado y digitalizado, la capacidad de mantener el control sobre los aspectos fundamentales de la economía, la seguridad, la cultura y los valores de un país se ha vuelto esencial. España, con su rica herencia histórica y su papel en la Unión Europea, debe abordar estos temas con especial consideración.
Nos encontramos en un momento crucial tecnológicamente hablando. Los avances en nuevas tecnologías y telecomunicaciones que estamos viviendo nos trasladan a otros momentos revolucionarios como el nacimiento de internet o la revolución industrial. Sin embargo, en esta ocasión, Europa corre el riesgo de quedarse fuera de este salto tecnológico. Nuestro continente acumula un importante retraso en el despliegue del 5G.
El despliegue de la fibra es fundamental para Europa. Su posicionamiento y crecimiento en los próximos años depende en buena parte de esta infraestructura de comunicación. Pero actualmente existe una gran desigualdad entre países, con España claramente a la cabeza y grandes economías como Alemania, Inglaterra e Italia mucho más rezagadas. ¿Cómo se afronta el empuje que necesita el continente?
La pasada pandemia del COVID-19 y la invasión de Ucrania han acelerado tendencias que veníamos observando, y han agudizado tensiones que calificábamos como potenciales y que finalmente se han materializado. Es importante identificar, lo mejor posible, el nuevo entorno para poder adaptarnos y actuar en consecuencia.
La soberanía digital es uno de los grandes desafíos europeos de la próxima década. La digitalización de nuestras sociedades es también la digitalización de sus modelos de producción, la capacidad laboral y las relaciones internacionales. Podemos afirmar que, a día de hoy, la soberanía política, tiene un componente tecnológico fundamental.
Europa se encuentra inmersa en una revolución digital donde los cambios ocurren a una velocidad más vertiginosa, donde la adopción de nuevos servicios y productos puede alcanzar a varios millones de usuarios en apenas unos días y donde la superposición de tecnologías da lugar a ciclos de vida cada vez más cortos.
La digitalización está impulsando múltiples avances tecnológicos que configuran un futuro ilusionante para todos. Hablamos de fenómenos como la Inteligencia Artificial, los objetos conectados, la automatización del transporte, el metaverso o la robotización que, casi cada día, protagonizan noticias sobre su vertiginoso desarrollo. Sin duda, estas innovaciones, junto con la sostenibilidad medioambiental y social, marcarán los próximos años y contribuirán al progreso económico y humano.
La soberanía tecnológica para la década de 2030 no será posible sin dominar los elementos estratégicos de la cadena de valor. Estamos al borde de la convergencia de los mundos físico, digital y biológico con las nuevas tecnologías digitales que están por llegar. Mientras que hoy ya vemos cómo las industrias y las sociedades se digitalizan y crean ganancias en eficiencia y nuevas formas de cooperar, la perspectiva de utilizar tecnologías del metaverso abrirá un capítulo completamente nuevo de realización del potencial exponencial de la digitalización.