El proyecto del euro digital impulsado por el Banco Central Europeo (BCE) surge como respuesta a la creciente digitalización de la economía y al declive del uso del efectivo. Se fundamenta en tres pilares estratégicos: garantizar que la moneda soberana mantenga su papel frente a las criptomonedas privadas, asegurar la autonomía estratégica europea frente a la dominancia de proveedores de pagos no europeos y modernizar el sistema de pagos minoristas. Como ya se anticipó en el número 221 de BIT en el artículo de Salinas y García (2021)1, la arquitectura del euro digital plantea retos significativos que requieren un análisis evolutivo como el que aquí se presenta.