El proyecto del euro digital impulsado por el Banco Central Europeo (BCE) surge como respuesta a la creciente digitalización de la economía y al declive del uso del efectivo. Se fundamenta en tres pilares estratégicos: garantizar que la moneda soberana mantenga su papel frente a las criptomonedas privadas, asegurar la autonomía estratégica europea frente a la dominancia de proveedores de pagos no europeos y modernizar el sistema de pagos minoristas. Como ya se anticipó en el número 221 de BIT en el artículo de Salinas y García (2021)1, la arquitectura del euro digital plantea retos significativos que requieren un análisis evolutivo como el que aquí se presenta.
Hay numerosas razones para sostener la necesidad estratégica del euro digital y apoyar su aprobación. El cambiante panorama del poder global, caracterizado por la instrumentalización de las finanzas y una excesiva dependencia en Europa de los sistemas de pago predominantemente estadounidenses, ha revitalizado el proyecto.
Llevo más de una década trabajando en tecnología en banca y viviendo la transformación digital del sector. Si algo he aprendido es que las grandes transformaciones no llegan con fuegos artificiales. Llegan tras incertidumbres, idas y venidas, argumentos encontrados, pruebas de estrés, discusiones de arquitectura y, sí, con alguna hoja de cálculo que parece inofensiva hasta que te das cuenta de que ahí está el ‘cómo” de todo. Con el euro digital me pasa algo parecido.
En octubre de 2020, el Banco Central Europeo (en adelante BCE) publicó un documento en el que se planteaba la posibilidad de emitir una moneda digital de banco central denominada en euros. Entre los años 2021 y 2023 se llevó a cabo la llamada fase de investigación, seguida de la fase de preparación, que concluyó en octubre de 2025. Se configura en estos primeros pasos el diseño estructural y la distribución del euro digital, pero también se va incidiendo en los motivos que aconsejarían implementarlo.
La irrupción de las tecnologías digitales viene impulsando una profunda transformación del sistema bancario y financiero conocido. Un claro ejemplo de ello es la aparición de las llamadas ‘monedas digitales’, que, desde el bitcoin, se cuentan ya por miles en el mundo. Ahora bien, estas monedas engloban realidades muy diversas y no en todos los casos cumplen las tres condiciones que definen al dinero: ser unidad de cuenta, depósito de valor y medio de pago.
Estos tres últimos años hemos escuchado de forma recurrente el término CBDC (Central Bank Digital Currency), que podríamos traducir por moneda digital emitida por un banco central. Más del 85% de los bancos centrales del mundo ya son partícipes de estudios, pruebas de concepto y pilotos desde el 2020. Evidentemente, también ha captado el interés de los responsables políticos, los reguladores, la industria y el público en general.