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Todo cambió una tarde del pasado marzo

Guillermo Vicente García

Asesor Técnico Docente. INTEF (Instituto Nacional de Tecnologías Educativas y de Formación del Profesorado). Ministerio de Educación y Formación Profesional.

Educación

Todo cambió una tarde del pasado marzo

Está claro que, con la experiencia vivida en las aulas después del paso de la pandemia, la educación digital será el nuevo escenario de educación desde ahora y para el futuro, y ello requerirá, en primera instancia, que se elimine la brecha digital y se extienda la cultura y la formación en competencias digitales.

Una tarde del pasado marzo, al entrar en clase para las últimas horas del día de ‘Sistemas Integrados y Hogar Digital’, los alumnos consultaban sus pantallas inquietos y debatían vivamente entre ellos. Nada más verme, me inquirieron: “profe, que cierran el centro”. Efectivamente, se acababa de anunciar la suspensión de la actividad docente presencial en todos los niveles educativos. Y ellas y ellos, los alumnos, nativos digitales casi todos, eran los primeros que se enteraban a través de sus móviles de la noticia. Antes que casi todos los profesores, antes que casi todos los equipos directivos. Por muchos avisos que se hicieran sobre el uso del móvil en el centro educativo, para los chicos el móvil era la forma más normal de mantenerse conectados con sus amigos, de estar al tanto de lo que pasaba en el mundo y en su entorno, de jugar, hasta de estudiar y hacer ejercicios en el Aula Virtual, y también de echarle un vistazo sin que se notara mucho cuando la clase era demasiado aburrida. Y esta vez, una vez más, de enterarse los primeros de la noticia.

Luego vinieron muchas más preguntas. Ya en los corrillos alrededor del Jefe de Estudios y de los otros profesores: “¿Vamos a hacer los exámenes de la semana que viene?”; “No nos mandaréis deberes, ¿no?”; “¿Qué pasa con las prácticas en empresas?”; “¿Qué pasa con los proyectos?”. La única respuesta tranquilizadora fue: “No os preocupéis, el cierre está previsto para quince días, aunque pueda prorrogarse…”. Se prorrogó todo el resto del curso.

Con lo que hubo que adaptarse. ¿Estábamos preparados para esto? No, desde luego. Nadie nos había avisado de guardarnos de los idus de este marzo. Los idus llegaron al final del segundo trimestre del curso y lo cambiaron todo. Con mucho curso pendiente, con mucho aprendizaje, exámenes pendientes y con alumnos de los últimos cursos que terminaban sus estudios en el centro para, supuestamente en esas fechas, irse a la formación en empresas. Tuvimos que adaptarnos, con gran esfuerzo en muchos casos, como mejor pudimos.

La adaptación (lo que hacíamos y lo nuevo)
Para la educación, al igual que para muchos otros trabajos, para mantener el contacto con familiares y amigos, y para nuestro ocio y aficiones, la adaptación durante el confinamiento pasaba por una solución: la tecnología. Y más concretamente por las telecomunicaciones. Nos manteníamos conectados gracias a ellas. Y desde luego, se puede decir que, en general, estuvieron a la altura de ese crecimiento inesperado del tráfico. ¿Conseguimos mantener a suficiente altura nuestras actividades?

Además de la extensión de la cultura digital en alumnos y familias, es necesaria la formación en competencias digitales para la educación del profesorado

En educación no se trataba únicamente de conectividad. Había que mantener funcionando el proceso de enseñanza –aprendizaje, que, si ya muchas veces no era sencillo en la actividad lectiva normal, ¿cómo iba a funcionar con la nueva enseñanza a distancia impuesta? ¿Cómo iba a funcionar la teleenseñanza en los distintos niveles y ramas educativas? ¡Con la variedad de personalidades y circunstancias de los estudiantes que requieren tratos personalizados! Con la variedad de personalidades y circunstancias de los docentes.

Desde luego que no hay una respuesta única a cómo ha funcionado. Dependió y depende de toda esa variedad, o riqueza, de personalidades y circunstancias. Pero, quizás, sí hay algunas claves que nos aproximen a una posible respuesta certera.

La tecnología para la educación ya estaba ahí, pero no todos la usaban. Aunque ya era muy bien recibida por los alumnos y claramente útil en el aprendizaje, aunque la actividad lectiva fuera presencial. Las propias Leyes de Educación ya lo indicaban “se promoverá el uso …, de las TIC en el aula, como medio didáctico apropiado y valioso para llevar a cabo las tareas de enseñanza y aprendizaje” y “los entornos virtuales de aprendizaje … deberán contribuir a la extensión del concepto de aula en el tiempo y en el espacio … y permitir a los alumnos y alumnas el acceso, desde cualquier sitio y en cualquier momento, a los entornos de aprendizaje disponibles en los centros docentes en los que estudien” (extraído del artículo 111bis de la LOE). El propio mercado, y las administraciones educativas, al menos en parte, ya ofrecían múltiples soluciones TIC, muchas de ellas gratuitas, para la educación.

Ejemplo de profesora de infantil.

 

Entre las tecnologías disponibles que habían demostrado su eficacia ya en la actividad presencial estaban: las aulas virtuales (Moodle, Google Classroom…), dónde los alumnos podían trabajar los temas, hacer ejercicios, cuestionarios, explorar todo tipo de material multimedia, participar en foros, seguir sus evaluaciones…; las aplicaciones de gamificación para los diferentes niveles; los simuladores de todo tipo que facilitaban gran parte de las prácticas de laboratorio; las infinitas aplicaciones proporcionadas por la industria para el diseño, la instalación, los proyectos, la programación… Y los múltiples recursos educativos digitales que proporcionaban administraciones, empresas, instituciones o particulares.

Incluso algún valeroso docente (permítaseme poner de ejemplo a mi apreciado compañero y youtuber del canal ‘Electrónica FP’) había llevado a la práctica del día a día ese modelo pedagógico innovador, del que tanto se hablaba, pero que tan poco se aplicaba, de la Flipped Classroom (o clase invertida) en la que los alumnos estudian los contenidos fuera de clase (en videos y contenidos proporcionados por el profesor) para en el aula aplicarlos de forma práctica (y así aprender haciendo).

Pues bien, de estas observaciones obteníamos una primera clave. Había aulas que ya usaban la tecnología para la educación de forma significativa y fructífera en el entorno presencial. Estas fueron las más efectivas para mantener funcionando el proceso de enseñanza–aprendizaje en el nuevo modelo online.

De cualquier forma, aunque se hubiera sido un usuario intensivo de la tecnología en la presencialidad, hubo que extender el uso a aplicaciones que hasta entonces no habían sido tan utilizadas. Empezamos a tener clases en tiempo real mediante Zoom, Teams, Meet o Webex (por citar sólo unas pocas) y a mantener vídeo reuniones, de claustro o de tutoría tanto con alumnos como con familias; a hacer lecciones y prácticas interactivas en las que para escribir o dibujar utilizábamos la tinta digital; a editar vídeos y emitirlos en streaming, etc. Y muchos de los que ya usábamos Moodle (por ejemplo), le encontramos nuevas funcionalidades muy útiles, que siempre habían estado ahí, pero nunca hasta entonces habíamos explorado.

Por su parte, quienes no usaban las tecnologías empezaron a usarlas, desarrollando, lo más rápidamente y de la mejor forma posible, sus competencias digitales.

La educación digital, especialmente en su parte virtual o de teleenseñanza, no puede olvidar que la escuela es espacio de convivencia y cohesión social

Con lo que había una segunda clave que nos proyectaba hacia el futuro: las tecnologías educativas habían llegado para todos. Todos estábamos aprendiendo a utilizarlas más y mejor. En el hype cycle de la tecnología educativa habíamos escalado en tiempo récord la ‘pendiente de iluminación’ hasta la ‘meseta de productividad’. Y, por tanto, la educación digital había llegado para quedarse, independientemente de que la enseñanza fuera presencial, no presencial o híbrida.

Y los principales actores del proceso, los alumnos, ¿cómo aceptaban todo esto? Ya hemos dicho que en su mayoría eran nativos digitales con lo que de partida estaban preparados para aprender en el nuevo entorno telemático, si querían hacerlo. Quizás, fueron los primeros listos para adaptarse. Después se adaptaron los profesores con diversas tácticas surgidas de la creatividad y búsquedas personales. Y un poco más tarde ya se adaptaron las administraciones educativas.

Pero había una limitación importante para algunos alumnos: la brecha digital en muchos hogares. A su vez, en el profesorado la brecha digital era, en general, claramente menor, pero muchos no habían nacido con Internet, y necesitaban ayuda en el esfuerzo de potenciar sus competencias digitales.

Por tanto, había una tercera clave con dos objetivos complementarios para que la educación digital funcionara en esa etapa y en el futuro. Para los alumnos era necesario reducir la brecha digital, tanto en dispositivos como en conectividad, y con la colaboración también de las familias. Para los profesores era necesaria formación para la adquisición de competencias digitales educativas.

El futuro
Asumiendo, por tanto, todo lo aprendido, podemos prever que la educación digital será el nuevo escenario de educación desde ahora y para el futuro. Con un aula híbrida (presencial – virtual) como entorno extendido (en tiempo y espacio) para el aprendizaje. Pero para que esto sea así con éxito, el modelo de despliegue debería de incluir, al menos, tres capas.

Una primera capa base donde están los dispositivos (ordenadores, tabletas…), la conectividad de banda ancha y las aplicaciones locales o en la nube. Su disponibilidad es necesaria tanto en los hogares, como en los centros educativos, donde las aulas han de ser aulas conectadas. Sólo así es posible esa aula híbrida. Para que esta capa sea suficientemente consistente, se ha de reducir la brecha digital. Y, aunque en los centros educativos se haya progresado mucho, también queda trabajo por hacer. Por ejemplo, ampliando las infraestructuras con la opción de vídeo interactivo en el aula, y a ser posible integrado en la propia aula virtual. Para todo ello, programas como ‘Educa en Digital’ tratan de abordarlo.

Proyecto Aula del Futuro. Fuente: European Schoolnet; Future Classroom Lab; Creative Commons Licence Attribution Share Alike.

 

La segunda capa es la de la competencia en la aplicación de las TIC a la educación con resultados efectivos. Para ello, además de la extensión de la cultura digital en alumnos y familias, es necesaria la formación en competencias digitales para la educación del profesorado. Además, dicha competencia digital docente se enriquece significativamente si se completa con el trabajo en equipo y la colaboración entre profesores sobre sus experiencias en la aplicación de la tecnología, tanto dentro del propio centro educativo como fuera de él. Programas como ‘eTwinning’ son un buen ejemplo de colaboración a nivel europeo. Pero los profesores necesitan tiempo, más allá del voluntario, para actuar en equipo e invertir en esta formación y colaboración. Los centros educativos y las administraciones lo deberían de posibilitar y promover como clara inversión para la mejora educativa.

La tercera capa es la de innovación educativa. Con la experiencia obtenida y con la orientación de los investigadores en pedagogía, se podrán aplicar innovaciones para la mejor experiencia pedagógica. Por poner sólo un ejemplo de proyecto que busca mejorar esa experiencia, el de ‘Aula del Futuro’ distribuye el aula física, y conectada, en zonas de aprendizaje adaptadas a las diversas actividades de los alumnos.

La aplicación ordenada de estas capas sería facilitadora para el éxito de la educación digital, y, por tanto, de la calidad educativa.

Pero para hacer esa aplicación ordenada de nuevas ideas no hay nada como un plan. Para facilitarlo en los centros docentes, la propuesta de ‘Plan Digital de Centro del INTEF’ tiene como objetivo tanto el análisis de situación, como el diseño de las acciones de mejora en la integración de las tecnologías.

 

Los retos de hoy

En las líneas anteriores se ha ofrecido una reflexión sobre la evolución de la educación digital hacia el futuro partiendo de las experiencias personales de cómo se utilizó, y como nos adaptamos a ella, durante el confinamiento del segundo trimestre de 2020. Se han planteado los requisitos que se entiende ha de tener esta evolución para que las TIC sean una herramienta valiosa para la educación. Pero el progreso de su aplicación se enfrenta a importantes retos. Aquí sólo apuntaremos algunos de ellos en una simple, e incompleta, enumeración:

  • La educación digital, especialmente en su parte virtual o de teleenseñanza no puede olvidar que la escuela es espacio de convivencia y cohesión social. Tampoco se puede olvidar la necesidad de proporcionar una escuela cercana y acogedora, aunque esta sea a distancia. Habrá que poner todos los medios para ello.
  • La parte más práctica de la enseñanza (tanto laboratorios con instrumentación y materiales reales, como, en su caso, las prácticas en empresas) pierde parte de sus resultados, si no se realizan en los entornos físicos de los laboratorios o empresas. Habría que procurar mantener la parte práctica presencialmente, y, si no fuera posible, estar preparados para ofrecer las alternativas que mejor simularan esos entornos.
  • La evaluación que se realiza mediante exámenes (para, entre otras medidas, comprobar la consecución de los resultados de aprendizaje) ha de solucionarse de una manera efectiva. Las herramientas de ‘eProctoring’ no están tan extendidas y han de validarse como una solución claramente eficaz para las diferentes circunstancias.
  • Cualquier solución de educación digital ha de proteger cuidadosamente, y con estricto respeto de la legislación, los datos personales de alumnos, profesores y familias.

Tanto las propuestas realizadas, como estos retos aquí planteados, y otros cuantos que se podrían plantear, auguran un importante trabajo a desarrollar en educación digital. Un trabajo sobre el que habrá mucho que estudiar, que experimentar y que evaluar para mejorarlo. Un trabajo que realizar en equipo y en el que deben de estar implicados y colaborar todos los agentes: alumnos, docentes, empresas, instituciones y administraciones. Un trabajo que tiene que acertar porque de él dependen las personas y el futuro. Un trabajo para conseguir lo mejor en una actividad tan apasionante como la educación.

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