Si algo ha caracterizado al sistema financiero en las últimas décadas ha sido su capacidad de innovación. En los últimos años, esta influencia se ha incrementado a raíz de innovaciones digitales como la tecnología blockchain (que incluso surgió para servir de alternativa al sistema financiero tradicional) o el desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA). Aunque las innovaciones más relevantes proceden históricamente del ámbito privado, la convivencia de factores del entorno ha despertado la necesidad de innovar desde un ámbito público, que en el marco del sistema financiero se circunscribe principalmente a los bancos centrales.
Llevo más de una década trabajando en tecnología en banca y viviendo la transformación digital del sector. Si algo he aprendido es que las grandes transformaciones no llegan con fuegos artificiales. Llegan tras incertidumbres, idas y venidas, argumentos encontrados, pruebas de estrés, discusiones de arquitectura y, sí, con alguna hoja de cálculo que parece inofensiva hasta que te das cuenta de que ahí está el ‘cómo” de todo. Con el euro digital me pasa algo parecido.
La crisis del COVID-19 ha traído consigo la aceleración de una Transformación Digital profunda en el sector bancario, que irremediablemente debe pasar por un cambio cultural y corporativo. Es necesario buscar nuevos modelos de negocio digitales, disponer de un marco regulatorio digital que favorezca el cambio a una economía digitalizada y de valor añadido, mejorar la experiencia de cliente, reducir la brecha digital y convertir los datos en valor.